Entonces M’ling se le había acercado llevando un hacha ligera. M’ling no había visto nada del asunto del puma; había estado cortando leña y lo había oído llamar. Continuaron gritando juntos. Dos hombres bestia se acercaron agachados y escrutándolos a través de la maleza, con gestos y un porte furtivo que alarmó a Montgomery por su extrañeza. Los saludó, y ellos huyeron con aire de culpabilidad. Después de eso dejó de gritar y, tras deambular un tiempo más de manera indecisa, decidió visitar las chozas.
Encontró el barranco desierto.
Cada vez más alarmado a cada minuto, empezó a desandar sus pasos.
Fue entonces cuando se encontró con los dos hombres-cerdo que yo había visto bailar la noche de mi llegada; estaban manchados de sangre alrededor de la boca y sumamente excitados. Venían irrumpiendo a través de los helechos y se detuvieron con rostros feroces al verlo. Él hizo restallar su látigo con cierta trepidación y, de inmediato, se abalanzaron sobre él. Jamás antes un hombre bestia se había atrevido a hacer tal cosa.
A uno le metió un tiro en la cabeza; M’ling se abalanzó sobre el otro y los dos rodaron enzarzados en un forcejeo. M’ling derribó a su bestia y, con los dientes en su garganta, Montgomery también le disparó a aquel mientras luchaba en el agarre de M’ling. Le costó cierto trabajo convencer a M’ling para que continuara con él.
Desde allí se habían apresurado a regresar junto a mí. Por el camino, M’ling se habia metido de pronto en un matorral y había sacado a empujones a un hombre-ocelote de menor estatura, también manchado de sangre y cojeando por una herida en el pie. Esta bestia había corrido un corto trecho y luego se había vuelto con fiereza para presentar batalla, y Montgomery —con cierta crueldad gratuita, según pensé— le había disparado.