Me mantuve obstinadamente a campo abierto. A veces me volvía y escuchaba; y al poco rato casi me había convencido de que mi perseguidor había abandonado la caza, o de que no era más que una creación de mi imaginación alterada. Entonces escuché el sonido del mar. Aceleré mis pasos hasta casi convertirlos en una carrera, e inmediatamente se oyó un tropiezo a mis espaldas.
Me volví de repente y me quedé mirando los árboles difusos a mi espalda. Una sombra negra pareció saltar sobre otra. Escuché, rígido, y no oí nada más que el fluir de la sangre en mis oídos. Pensé que tenía los nervios destrozados y que mi imaginación me estaba jugando una mala pasada, y me volví con resolución hacia el sonido del mar de nuevo.
En un minuto más o menos los árboles ralearon, y salí a un promontorio desolado y bajo que se adentraba en las aguas sombrías.
La noche estaba serena y despejada, y el reflejo de la creciente multitud de estrellas temblaba en el apacible vaivén del mar. A cierta distancia, el batir de las olas sobre una franja irregular de arrecife brillaba con una luz pálida y propia.
Hacia el oeste vi la luz zodiacal mezclándose con el brillo amarillo del lucero vespertino. La costa se curvaba hacia el este alejándose de mí, y hacia el oeste quedaba oculta por el saliente del cabo. Entonces recordé el hecho de que la playa de Moreau se encontraba al oeste.
Una ramita crujió a mi espalda y se oyó un susurro. Me giré y me quedé frente a los árboles oscuros. No podía ver nada, o tal vez veía demasiado. Cada silueta oscura en la penumbra tenía su cualidad ominosa, su peculiar sugerencia de una vigilante atención. Así me quedé quizás un minuto y luego, sin quitar ojo de los árboles, me volví hacia el oeste para cruzar el cabo; y al moverme, una de aquellas sombras al acecho se movió para seguirme.