a través del cual flotaba un humo errante, de ráfagas acres para la nariz y los ojos. A nuestra derecha, sobre un saliente de roca desnuda, vi el azul plano del mar. El sendero descendía serpenteando bruscamente hacia un estrecho barranco entre dos masas amontonadas y nudosas de escorias negruzcas. En él nos adentramos.
Era extremadamente oscuro este pasaje, tras la cegadora luz solar reflejada en el suelo sulfuroso. Sus paredes se volvieron empinadas y se acercaron la una a la otra. Manchas verdes y carmesíes flotaban ante mis ojos.
Mi guía se detuvo de repente.
«¡El hogar!», dijo, y me encontré en el fondo de un abismo que al principio me pareció absolutamente oscuro.
Oprimí los nudillos de mi mano izquierda contra los ojos al oír unos ruidos extraños. Empecé a percibir un olor desagradable, semejante al de la jaula mal aseada de un mono. Más allá, la roca volvía a abrirse hacia una pendiente gradual de verdor bañado por el sol, y a ambos lados la luz se precipitaba a través de estrechos senderos hacia la penumbra central.