comenzó a salpicar. Caminé de regreso hacia la puerta, luego otra vez a la esquina, y así comencé a pasearme de un lado a otro como un centinela de guardia. Una vez me detuvo la voz distante de Montgomery gritando: «¡Coo-ee—Mor-eau!». Mi brazo me dolía menos, pero estaba muy caliente. Me puse afiebrado y sediento. Mi sombra se hizo más corta. Observé la figura distante hasta que se alejó de nuevo. ¿Acaso no regresarían nunca Moreau y Montgomery? Tres aves marinas comenzaron a pelear por algún tesoro encallado.
Entonces desde muy lejos, detrás del cercado, oí un pistolazo. Un largo silencio, y luego llegó otro. Después, un grito chillón más cercano, y otro lúgubre vacío de silencio. Mi desafortunada imaginación se puso a trabajar para atormentarme.
Luego, de repente, un disparo muy cerca. Fui a la esquina, sobresaltado, y vi a Montgomery —con la cara escarlata, el cabello revuelto y la rodilla de los pantalones desgarrada—. Su rostro expresaba una consternación profunda. Detrás de él venía arrastrándose el hombre bestia, M’ling, y alrededor de las mandíbulas de M’ling había unas extrañas manchas oscuras.