Atravesamos el barranco por el que humeaba el arroyo de agua caliente, y seguimos el sendero serpenteante entre los cañaverales hasta llegar a una amplia zona cubierta de una sustancia amarilla, espesa y polvorienta que creo que era azufre.
Por encima del lomo de un talud lleno de maleza brillaba el mar. Llegamos a una especie de anfiteatro natural poco profundo, y allí nos detuvimos los cuatro.
Entonces Moreau hizo sonar la cuerna y rompió la adormecida quietud de la tarde tropical. Debía de tener unos pulmones fuertes. El sonido ululante fue subiendo y subiendo entre sus ecos, hasta alcanzar al fin una intensidad ensordecedora.
—¡Ah! —dijo Moreau, dejando caer de nuevo el instrumento curvo a su costado.
Inmediatamente se oyó un estrépito entre las cañas amarillas, y un rumor de voces procedente de la densa selva verde que señalaba el cenagal por el que yo había corrido el día anterior.
Luego, en tres o cuatro puntos del borde de la zona sulfurosa, aparecieron las grotescas formas de la gente bestia apresurándose hacia nosotros.
No pude evitar un horror escalofriante al ver primero a uno y luego a otro salir trotando de los árboles o los carrizales y avanzar tropezando sobre el polvo caliente.
Pero Moreau y Montgomery permanecieron bastante tranquilos y, por fuerza, me mantuve a su lado.
El primero en llegar fue el sátiro, extrañamente irreal a pesar de que proyectaba una sombra y levantaba el polvo con sus cascos. Tras él salió de la espesura un patán monstruoso, una criatura mitad caballo y mitad