El hallazgo de Moreau
Cuando vi a Montgomery tragarse una tercera dosis de brandy, me tomé la libertad de intervenir. Ya estaba más que medio ebrio. Le dije que a estas alturas algo grave debió de haberle pasado a Moreau, o habría regresado antes, y que nos incumbía averiguar cuál era esa catástrofe. Montgomery puso algunas objeciones débiles y al fin accedió. Comimos algo y entonces los tres partimos.
Es posible que se deba a la tensión de mi mente en aquel momento, pero aun ahora esa sacudida en la calurosa quietud de la tarde tropical es una impresión singularmente vívida.
M’ling iba al frente, con los hombros encogidos, su extraña cabeza negra moviéndose con sacudidas rápidas mientras miraba primero a un lado del camino y luego al otro. Iba desarmado; el hacha la había dejado caer cuando se encontró con el hombre-cerdo. Los dientes eran sus armas cuando se trataba de pelear.
Montgomery le seguía con pasos tropezones, las manos en los bolsillos, el rostro abatido; estaba en un estado de confusión hosca conmigo debido al brandy. Mi brazo izquierdo iba en cabestrillo (por suerte era el izquierdo), y llevaba el revólver en la derecha.
Pronto trazamos un sendero estrecho a través de la esplendidez salvaje de la isla, dirigiéndonos hacia el noroeste; y al poco rato M’ling se detuvo, quedado rígido de vigilancia. Montgomery casi tropezó con él y luego se detuvo también. Entonces, escuchando con atención, oímos que llegaba a través de los árboles el sonido de voces y pasos que se nos acercaban.