Mientras los veía desaparecer, el hombre de pelo blanco regresó con una petaca de brandy y unas galletas.
«Algo para ir tirando, Prendick», dijo, en un tono mucho más familiar que antes.
No puse objeción alguna, sino que me puse a comer las galletas de inmediato, mientras el hombre de pelo blanco ayudaba a Montgomery a soltar una veintena más de conejos.
- Tres conejeras grandes, sin embargo, subieron hacia la casa con el puma.
No probé el brandy, pues he sido abstemio desde mi nacimiento.