“No andar a cuatro patas; esa es la ley. ¿Acaso no somos hombres?
“No sorber la bebida; esa es la ley. ¿Acaso no somos hombres?
“No comer pescado ni carne; esa es la ley. ¿Acaso no somos hombres?
“No desgarrar la corteza de los árboles; esa es la ley. ¿Acaso no somos hombres?
“No perseguir a otros hombres; esa es la ley. ¿Acaso no somos hombres?”
Y así, de la prohibición de aquellos actos de insensatez, se pasó a la prohibición de lo que entonces me parecieron las cosas más descabelladas, imposibles e indecentes que uno pudiera imaginarse.
Una especie de fervor rítmico se apoderó de todos nosotros; balbuceábamos y nos balanceábamos cada vez más deprisa, repitiendo esta asombrosa ley.
Superficialmente, el contagio de estas bestias se había apoderado de mí, pero en lo más hondo de mi ser la risa y el asco luchaban entre sí. Recorrimos una larga lista de prohibiciones, y entonces el cántico viró hacia una nueva fórmula.
“ Suya es la casa del dolor. “ Suya es la mano que crea. “ Suya es la mano que hiere. “ Suya es la mano que sana. ”
Y así siguió por otra larga serie, en su mayor parte un galimatías bastante incomprensible para mí sobre él, fuera quien fuese. Podría haberme imaginado que era un sueño, pero jamás antes había oído cánticos en un sueño.