noche, y la sangre que había goteado yacía en manchas negras sobre la arena. Entonces vi, sin comprender, la causa de mi fantasma: un fulgor rojizo que venía, danzaba e iba sobre la pared de enfrente. Malinterpreté esto, creí que era el reflejo de mi lámpara parpadeante, y me volví de nuevo hacia las provisiones del cobertizo. Continué rebuscando entre ellas, tan bien como podía hacerlo un manco, encontrando este y aquel objeto útil, y apartándolos para la botadura de mañana. Mis movimientos eran lentos y el tiempo pasó deprisa. Imperceptiblemente, la luz del día se me vino encima.
El cántico fue decayendo, dando paso a un clamor; luego comenzó de nuevo y de pronto estalló en un tumulto. Oí gritos de: «¡Más! ¡Más!», un sonido parecido a una pelea y un repentino alarido salvaje.
La naturaleza de los sonidos cambió de tal manera que atrajo mi atención. Salí al patio y escuché. Entonces, cortando el confuso revuelo como un cuchillo, sonó la detonación de un revólver.
Corrí de inmediato a través de mi habitación hacia la pequeña puerta. Al hacerlo, oí cómo algunas de las cajas de embalaje que estaban detrás de mí se deslizaban y chocaban entre sí con un estrépito de cristales en el suelo del cobertizo. Pero no les presté atención. Abrí la puerta de par en par y miré hacia afuera.
Arriba en la playa, junto al cobertizo para botes, una hoguera estaba ardiendo, lanzando chispas hacia la indefinición del alba. Alrededor de esta forcejeaba una masa de figuras negras. Oí a Montgomery gritar mi nombre. Empecé a correr de inmediato hacia el fuego, revólver en mano. Vi la lengua rosada de la pistola de Montgomery relampaguear una vez, cerca del suelo. Él había caído. Grité con todas mis fuerzas y disparé al aire. Oí a alguien gritar: «¡El amo!». La enmarañada lucha negra se deshizo en unidades dispersas, el fuego saltó y se apagó. La multitud de hombres bestia huyó en un pánico repentino ante mí, playa arriba. En mi