De repente, un gran pájaro blanco salió volando del bote, y ninguno de los dos hombres se movió ni reparó en él; dio un rodeo y luego pasó planeando por encima de mi cabeza con las fuertes alas desplegadas.
Entonces dejé de gritar, me senté en el promontorio, apoyé la barbilla en las manos y me quedé mirando. Despacio, muy despacio, la barca pasó flotando hacia el oeste. Habría nadado hasta ella, pero algo —un miedo frío y vago— me detuvo. Por la tarde, la marea encalló la barca y la dejó a unas cien yardas al oeste de las ruinas del cercado. Los hombres que iban en ella estaban muertos, llevaban tanto tiempo muertos que se desmoronaron cuando puse la barca de lado y los arrastré hacia fuera. Uno tenía una mata de pelo pelirrojo, como el capitán del Ipecacuanha, y en el fondo de la barca yacía una gorra blanca y sucia.
Mientras estaba de pie junto a la bote, tres de aquellas bestias salieron furtivas de entre los arbustos y olfatearon en mi dirección.