Me sobrevino uno de mis espasmos de repugnancia. Empujé la pequeña embarcación por la playa y trepé a bordo. Dos de los brutos eran bestias-lobo y avanzaron con las narices temblorosas y los ojos brillantes; el tercero era el horrible engendro inclasificable de oso y toro. Cuando los vi acercarse a aquellos miserables restos, los oí gruñirse el uno al otro y capté el destello de sus dientes, un pánico frenético sucedió a mi repulsión. Les volví la espalda, izé la vela al tercio y comencé a remar mar adentro. Fui incapaz de obligarme a mirar atrás.
Sin embargo, aquella noche me quedé entre el arrecife y la isla, y a la mañana siguiente fui bordeando la costa hasta el arroyo y llené con agua el barril vacío que llevaba a bordo.
Luego, con toda la paciencia de que fui capaz, recolecté una cierta cantidad de fruta, y aceché y maté dos conejos con mis últimos tres cartuchos.
Mientras hacía esto, dejé la barca amarrada a un saliente interior del arrecife, por miedo a la gente bestia.