Entonces: «Debemos poner fin a esto. Tengo que decírselo a Moreau».
No pudo pensar en otra cosa durante nuestro viaje de regreso.
Moreau se tomó el asunto aún más en serio que Montgomery, y no necesito decir que me sentía afectado por su evidente consternación.
—Debemos dar un escarmiento —dijo Moreau—. No me cabe la menor duda de que el hombre leopardo fue el pecador. ¿Pero cómo podemos demostrarlo? Ojalá, Montgomery, hubieras sabido controlar tu afición por la carne y hubieras prescindido de estas emocionantes novedades. Podemos llegar a meternos en un buen lío por su culpa.
—Fui un imbécil —dijo Montgomery—. Pero ya está hecho; y usted dijo que podía quedármelos, ya sabe.
—Debemos ocuparnos del asunto de inmediato —dijo Moreau—. Supongo que, si surge algún imprevisto, M’ling sabrá cuidarse solo, ¿no?
—No estoy tan seguro de M’ling —dijo Montgomery—. Creo que debería conocerlo.
Por la tarde, Moreau, Montgomery, yo mismo y M’ling cruzamos la isla hacia las chozas del barranco.
Los tres íbamos armados; M’ling llevaba la pequeña hacha que usaba para picar leña y unos rollos de alambre. Moreau llevaba colgado al hombro un enorme cuerno de boyero.
—Verás una reunión de la gente bestia —dijo Montgomery—. ¡Es todo un espectáculo!
Moreau no dijo una palabra en todo el camino, pero la expresión de su rostro pesado y de blancas cejas estaba sombríamente tensa.