Me alejé lentamente de la goleta a la deriva. En una especie de estupor, vi a toda la tripulación trepar al aparejo, y lenta pero inexorablemente la nave dio la vuelta hacia el viento; las velas ondearon y luego se hincharon al recibirlo. Me quedé mirando su costado castigado por la intemperie que se inclinaba pronunciadamente hacia mí; y entonces salió de mi campo de visión.
No volví la cabeza para seguirla. Al principio apenas podía creer lo que había pasado. Me agaché en el fondo del bote, aturdido, y mirando fijamente el mar vacío y aceitoso.
Luego comprendí que estaba otra vez en aquel pequeño infierno mío, ahora medio anegado; y mirando hacia atrás por encima de la borda, vi que la goleta se alejaba de mí, con el capitán pelirrojo burlándose de mí desde la borda de popa, y al girarme hacia la isla vi cómo la lancha se hacía más pequeña a medida que se acercaba a la playa.
Bruscamente comprendí la crueldad de este abandono. No tenía medios para llegar a tierra a menos que tuviera la suerte de ser arrastrado hasta allí. Aún estaba débil, debéis recordarlo, por mi exposición a la intemperie en el bote; estaba agotado y muy desmayado, o habría tenido más ánimos.
Pero tal como estaban las cosas, de repente comencé a sollozar y a llorar, como no lo había hecho desde que era un niño pequeño. Las lágrimas rodaban por mi rostro. En un arranque de desesperación, golpeé con los puños el agua del fondo del bote y pateé con furia la borda. Supliqué en voz alta que Dios me dejara morir.