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nydus/The Island of Doctor MoreauPublic
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XV. De la Gente Bestia

Digo que me habitué a la gente bestia, que mil cosas que me habían parecido antinaturales y repulsivas se volvieron rápida y naturalmente ordinarias para mí.

Supongo que todo en la existencia adquiere el color del tono promedio de nuestro entorno. Montgomery y Moreau eran demasiado peculiares e individuales como para mantener bien definidas mis impresiones generales de la humanidad.

Veía a una de las torpes criaturas bovinas que trabajaban en la lancha caminar pesadamente entre la maleza, y me descubría a mí mismo preguntándome, esforzándome por recordar, en qué se diferenciaba de algún paleto verdaderamente humano que caminara penosamente hacia su casa tras sus labores mecánicas; o me encontraba con el rostro vulpino y esquivo de la mujer zorro-oso, extrañamente humano en su astucia especulativa, e incluso llegaba a imaginar que lo había visto antes en alguna callejuela de la ciudad.

Sin embargo, de vez en cuando la bestia se me revelaba sin lugar a dudas ni negación posible. Un hombre de aspecto repulsivo, un salvaje humano y jorobado en apariencia, acurrucado en la abertura de una de las guaridas, estiraba los brazos y bostezaba, mostrando con sobresaltante brusquedad unos incisivos con filo de tijera y unos caninos semejantes a sables, afilados y brillantes como cuchillos. O en algún sendero angosto, mirando con osadía transitoria a los ojos de alguna figura femenina, esbelta y envuelta en telas blancas, de repente veía (con una repugnancia espasmódica) que tenía las pupilas rasgadas, o al bajar la mirada advertía la uña corva con la que sostenía su informe atuendo. Es algo curioso, a propósito, para lo cual soy totalmente incapaz de dar una explicación, que estas extrañas criaturas —las hembras, quiero decir— tuvieran en los primeros días de mi estancia un sentido instintivo de su propia y repulsiva torpeza, y mostraran en consecuencia una consideración más que humana por la decencia y el decoro de una vestimenta recatada.

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