un tiempo lo aceptaron y se encargaron de su educación. Era rápido para aprender, muy imitativo y adaptable, y se construyó una choza bastante mejor, según me pareció, que sus propias chabolas. Había uno entre los muchachos que tenía algo de misionero, y le enseñó a leer al bicho, o al menos a distinguir las letras, y le dio algunas nociones rudimentarias de moralidad; pero parece que los hábitos de la bestia no eran todo lo deseables que cabría esperar.
«Descansé del trabajo unos días después de aquello, y tuve la intención de redactar una relación de todo el asunto para sacudir la fisiología inglesa. Luego me topé con la criatura acurrucada en lo alto de un árbol y haciendo muecas a dos de los kanakas que habían estado molestándola. Lo amenacé, le hablé de la crueldad de semejante proceder, desperté su sentido de la vergüenza y volví a casa resuelto a hacerlo mejor antes de llevar mi trabajo a Inglaterra. He estado haciéndolo mejor. Pero de algún modo las cosas vuelven a deslizarse: la terca carne de bestia vuelve día tras día. Pero pienso hacer cosas aún mejores. Pienso vencer eso. Esta puma—