Me impresionó mucho el minucioso secretismo de aquellos dos hombres respecto al contenido del lugar, y durante un buen rato estuve pensando en eso y en la inexplicable familiaridad del nombre de Moreau; pero tan extraña es la memoria humana que en aquel momento no logré relacionar ese conocido nombre con su contexto adecuado.
De ahí mis pensamientos pasaron a la extrañeza indefinible del hombre deforme en la playa. Jamás vi semejante andar, unos movimientos tan extraños mientras tiraba de la caja.
Recordé que ninguno de aquellos hombres me había hablado, aunque a la mayoría los había encontrado mirándome en uno u otro momento de un modo extrañamente huidizo, muy diferente de la mirada franca del salvaje ingenuo. En verdad, todos me habían parecido notablemente taciturnos y, cuando hablaban, estaban dotados de voces muy inquietantes. ¿Qué les pasaba?
Entonces recordé los ojos del desgarbado asistente de Montgomery.
Justo cuando pensaba en él, entró. Ahora iba vestido de blanco y llevaba una pequeña bandeja con un poco de café y verduras cocidas. Apenas pude reprimir un estremecimiento de repulsión cuando se acercó, inclinándose amablemente, y colocó la bandeja ante mí sobre la mesa.
Entonces el asombro me paralizó. Debajo de sus mechones negros y fibrosos vi su oreja; saltó ante mí de repente cerca de mi cara. ¡El hombre tenía las orejas puntiagudas, cubiertas de un fino vello castaño!
—Su desayuno, sair —dijo.
Miré su rostro sin intentar responderle. Él se volvió y caminó hacia la puerta, mirándome de reojo de un modo extrañado. Lo seguí con la mirada; y al hacerlo, por obra de algún extraño artificio de la cerebración inconsciente, acudió a borbotones a mi cabeza la frase: «Las hondonadas