repitiéndolo, con alguna palabra cambiada aquí o allá, a todas las más mansas de las gentes-bestia. No le importaba nada lo que fuera claro y comprensible. Inventé algunos «grandes pensamientos» muy curiosos para su uso exclusivo. Pienso ahora que era la criatura más tonta que jamás he conocido; había desarrollado de la manera más maravillosa la necedad distintiva del hombre sin perder ni una pizca de la insensatez natural de un mono.
Esto, repito, ocurrió en las primeras semanas de mi soledad entre estas brutos. Durante ese tiempo respetaron la costumbre establecida por la ley y se comportaron con un decoro general. Una vez encontré a otro conejo hecho pedazos —por el cerdo-hiena, según tengo entendido—, pero eso fue todo. Corría aproximadamente el mes de mayo cuando percibí por primera vez con claridad una diferencia creciente en su habla y en su porte, una rudeza cada vez mayor en la articulación, una creciente desgana por hablar. El galimatías de mi hombre-mono multiplicó su volumen, pero se volvió cada vez menos comprensible, cada vez más simiesco. Algunos de los otros parecian perder por completo el dominio del habla, aunque por entonces todavía entendían lo que les decía. (¿Pueden imaginarse el lenguaje, antaño nítido y exacto, ablandándose y apagándose, perdiendo forma y significado, volviéndose de nuevo meros grumos de sonido?). Y caminaban erguidos con una dificultad creciente. Aunque al parecer se avergonzaban de sí mismos, de vez en cuando me encontraba con alguno corriendo sobre las puntas de los pies y de los dedos, totalmente incapaz de recuperar la postura vertical. Sostenían las cosas con mayor torpeza; beber por succión, comer royendo, se volvieron hábitos cada vez más comunes. Comprendí con más intensidad que nunca lo que Moreau me había dicho sobre la «testaruda carne de bestia». Estaban regresando, y regresando con muchísima rapidez.
Algunas de ellas —noté con cierta sorpresa que las pioneras en esto eran todas mujeres— empezaron a desatender el mandato deldecoro,