Mi corazón latía con fuerza.
Al poco tiempo se hizo visible la amplia curva de una bahía hacia el oeste, y me detuve de nuevo. La sombra silenciosa se detuvo a una docena de yardas de mí.
Un pequeño punto de luz brillaba en el extremo más distante de la curva, y la franja gris de la playa de arena yacía tenue bajo la luz de las estrellas. A unas dos millas de distancia se encontraba aquel pequeño punto de luz.
Para llegar a la playa tendría que atravesar los árboles donde acechaban las sombras, y bajar por una ladera cubierta de arbustos.
Podía ver la cosa con bastante más claridad ahora. No era ningún animal, pues se erguía sobre dos patas.
Ante aquello abrí la boca para hablar, y noté que una flema ronca me ahogaba la voz. Lo intenté de nuevo y grité: «¿Quién hay ahí?».
No hubo respuesta. Di un paso al frente. La cosa no se movió, tan solo se encogió sobre sí misma. Mi pie tropezó con una piedra. Eso me dio una idea. Sin apartar los ojos de la forma negra ante mí, me agaché y recogí aquel pedazo de roca; pero a mi movimiento la cosa se giró bruscamente como lo habría hecho un perro, y se deslizó oblicuamente hacia la oscuridad más lejana.
Entonces recordé un recurso de colegial contra los perros grandes, envolví la roca con mi pañuelo y le di una vuelta alrededor de la muñeca. Oí un movimiento más allá, entre las sombras, como si la cosa estuviera retrocediendo.
Entonces, de repente, mi tensa excitación cedió; rompí en un sudor profuso y me puse a temblar, con mi adversario derrotado y esta arma en la mano.