El hombre solo
Al atardecer partí, y me adentré en el mar impulsado por una suave brisa del suroeste, lenta y firmemente; y la isla se fue haciendo cada vez más pequeña, y la lánguida columna de humo se redujo a una línea cada vez más fina contra el cálido atardecer.
El océano se levantó a mi alrededor, ocultando de mis ojos aquella franja baja y oscura.
La luz del día, la estela gloriosa del sol, se fue desvaneciendo del cielo, apartándose como un cortinaje luminoso, y por fin contemplé el abismo azul de la inmensidad que la luz del sol oculta, y vi las huestes flotantes de las estrellas.
El mar estaba en silencio, el cielo estaba en silencio. Estaba solo con la noche y el silencio.
Así fui a la deriva durante tres días, comiendo y bebiendo con moderación, y meditando sobre todo lo que me había sucedido; sin desear demasiado entonces volver a ver a los hombres.
Un trapo inmundo me cubría, mi cabello era una madeja negra: sin duda quienes me descubrieron me tomaron por un loco.
Es extraño, pero no sentía ningún deseo de regresar a la humanidad. Solo me alegraba de librarme de la inmundicia del pueblo bestia. Y al tercer día me recogió un bergantín que iba de Apia a San Francisco. Ni el capitán ni el primer oficial creyeron mi historia, pues juzgaban que la soledad y el