Pasó algún tiempo antes de que pudiera armarme de valor para bajar por entre los árboles y los arbustos del flanco del cabo hasta la playa. Al fin lo hice a la carrera; y al salir del matorral a la arena, oí que otro cuerpo venía crujiendo tras de mí.
Ante aquello perdí por completo la cabeza de miedo, y comencé a correr por la arena. Al instante se oyó el rápido repiqueteo de unos pies blandos en mi persecución. Di un grito salvaje y redoblé el paso.
Unas cosas oscuras y difusas, de un tamaño unas tres o cuatro veces mayor que el de los conejos, corrían o daban saltos desde la playa hacia los arbustos a medida que yo pasaba.
Mientras viva, recordaré el terror de aquella persecución.
Corrí cerca de la orilla del agua, y escuché de vez en cuando el chapoteo de los pies que me iban ganando terreno. Muy a lo lejos, desesperadamente lejos, brillaba la luz amarilla. Toda la noche a nuestro alrededor era negra y silenciosa.
¡Chap, chap!, sonaban los pies perseguidores, cada vez más cerca. Sentí que me faltaba el aliento, pues estaba completamente desentrenado; silbaba al inspirar, y sentí un dolor como de cuchillo en el costado. Me di cuenta de que la cosa me alcanzaría mucho antes de que llegara al cercado y, desesperado y con sollozos por falta de aire, me giré hacia ella y la golpeé en cuanto me alcanzó: golpeé con todas mis fuerzas.
La piedra salió disparada del lazo del pañuelo al hacerlo. Al dar la vuelta, la cosa, que había estado corriendo a cuatro patas, se puso en pie, y el proyectil dio de lleno en su sien izquierda. El cráneo resonó con fuerza, y el hombre-animal tropezó conmigo, me empujó hacia atrás con las manos y pasó tambaleándose junto a mí para caer de bruces sobre la arena con la cara en el agua; y allí se quedó inmóvil.
No pude obligarme a acercarme a aquel montón negro.