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nydus/The Island of Doctor MoreauPublic
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XVI. Cómo saborea la sangre la Gente Bestia

Ahora me era fácil estar solo.

La gente bestia manifestó una curiosidad muy humana por el cadáver, y lo siguió en un apretado grupo, olisqueándolo y gruñéndole mientras los hombres-toro lo arrastraban playa abajo.

Fui al promontorio y observé a los hombres-toro, negros contra el cielo del atardecer, mientras llevaban el cadáver lastrado mar adentro; y como una ola sobre mi mente llegó la constatación de la inefable falta de propósito de las cosas en la isla.

Sobre la playa, entre las rocas bajo mí, estaban el hombre-mono, el cerdo-hiena y varios otros de la gente bestia, rodeando a Montgomery y a Moreau. Todos seguían intensamente excitados, y rebosaban de ruidosas expresiones de lealtad a la ley; sin embargo, yo sentía la absoluta seguridad en mi propia mente de que el cerdo-hiena estaba implicado en la matanza del conejo.

Una extraña convicción se apoderó de mí: a excepción de la tosquedad de los rasgos y lo grotesco de las formas, tenía allí ante mí todo el equilibrio de la vida humana en miniatura, todo el juego recíproco de instinto, razón y destino en su forma más simple. Al hombre-leopardo le había tocado sucumbir: esa era toda la diferencia.

¡Pobre bestia!

¡Pobres brutos! Empecé a ver el aspecto más abyecto de la crueldad de Moreau. No había pensado antes en el dolor y los problemas que sobrevenían a estas pobres víctimas después de haber salido de las manos de Moreau. Solo me había estremecido ante los días de tormento real en el recinto. Pero ahora aquello me parecía la menor parte. Antes habían sido bestias, con sus instintos adaptados adecuadamente a su entorno y tan felices

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