Le contesté incongruentemente. Bajamos y me dio las buenas noches en la puerta de mi camarote.
Aquella noche tuve unos sueños muy desagradables. La menguante luna salió tarde. Su luz proyectó un haz de un blanco fantasmagórico a través de mi camarote y formó una figura ominosa sobre los tablones junto a mi litera. Luego, los ciervos se despertaron y comenzaron a aullar y ladrar; de modo que dormité de forma intermitente y apenas pegué el ojo hasta la llegada del alba.