El día festivo de Montgomery
Cuando esto estuvo hecho, y nos hubimos lavado y comido, Montgomery y yo fuimos a mi pequeña habitación y discutimos seriamente nuestra situación por primera vez.
Cerca de la medianoche era ya. Estaba casi sobrio, pero muy perturbado de mente. Había estado extrañamente bajo la influencia de la personalidad de Moreau: no creo que se le hubiera pasado jamás por la cabeza que Moreau pudiera morir. Este desastre era el repentino colapso de los hábitos que se habían vuelto parte de su naturaleza en los diez o más años monótonos que había pasado en la isla. Hablaba confusamente, respondía a mis preguntas con evasivas, derivaba hacia cuestiones generales.
—Este maldito mundo estúpido —dijo—; ¡qué barullo es todo! No he tenido ninguna vida. Me preguntoCuándo va a empezar. Diez y seis años de soportar las intimidaciones de niñeras y maestros de escuela a su antojo; cinco en Londres hincando los codos con la medicina, comida mala, pensión cutre, ropa cutre, vicio cutre, un error —no sabía nada mejor— y empujado a esta isla asquerosa. ¡Diez años aquí! ¿Para qué sirve todo esto, Prendick? ¿Somos burbujas sopladas por un bebé?
Era difícil lidiar con tales desvaríos.
«Lo que tenemos que pensar ahora —dije—, es cómo salir de esta isla».