—¡Hombre, Prendick! —oí su grito de asombro—, ¡no seas imbécil,
Otro minuto, pensé, y me habría encerrado, y me habría dejado tan listo para mi destino como un conejo de hospital.
Apareció por la esquina, pues le oí gritar: «¡Prendick!». Luego comenzó a correr tras de mí, gritando cosas mientras corría. Corriendo esta vez a ciegas, fui hacia el nordeste, en dirección perpendicular a la de mi anterior expedición.
Una vez, mientras corría a toda velocidad por la playa, miré por encima del hombro y vi a su ayudante con él. Subí furiosamente la pendiente, la crucé y, girando luego hacia el este por un valle rocoso bordeado a ambos lados por la selva, corrí durante tal vez una milla en total, con el pecho oprimido, el corazón latiéndome en los oídos; y entonces, al no oír nada de Montgomery ni de su hombre, y sintiéndome al borde del agotamiento, di un giro brusco hacia la playa, según calculaba, y me tumbé al amparo de un cañaveral.
Allí permanecí durante mucho tiempo, demasiado atemorizado para moverme y, en verdad, demasiado atemorizado incluso para planear un curso de acción. La escena salvaje que me rodeaba yacía durmiendo silenciosamente bajo el sol, y el único sonido cercano era el débil zumbido de unos pequeños mosquitos que me habían descubierto. Al poco rato empecé a percibir un sonido de respiración adormecida, el murmullo del mar sobre la playa.
Al cabo de una hora más o menos oí a Montgomery gritando mi nombre, muy lejos hacia el norte. Eso me hizo pensar en mi plan de acción. Tal como lo interpretaba entonces, esta isla estaba habitada únicamente por estos dos vivisectores y sus víctimas animalizadas. Algunas de ellas, sin duda, podrían reclutarlas a su servicio contra mí si surgiera la necesidad. Sabía que tanto Moreau como Montgomery