toque final. ¡Bebanen, les digo! Y agitando la botella en la mano, echó a andar a una especie de trote cochinero hacia el oeste, mientras M'ling se colocaba entre él y las tres oscuras criaturas que lo seguían.
Fui hasta la puerta. Ya se hacían indistintos en la neblina de la luz de la luna antes de que Montgomery se detuviera. Lo vi administrarle una dosis de brandy puro a M’ling, y vi a las cinco figuras fundirse en una vaga mancha.
«¡Cantad!», oí gritar a Montgomery. «Cantad todos juntos: "¡Que se joda el viejo Prendick!". Eso es; ahora otra vez: "¡Que se joda el viejo Prendick!"».
El grupo negro se escindió en cinco figuras separadas, que se alejaron lentamente de mí por la franja de playa brillante. Cada una iba aullando a su antojo, ladrándome insultos o dando rienda suelta de cualquier otra manera que esta nueva inspiración del brandy exigía.
Al poco rato oí la voz de Montgomery gritando: «¡Media vuelta!» y se adentraron con sus gritos y aullidos en la negrura de los árboles hacia el interior. Lenta, muy lentamente, se fueron desvaneciendo en el silencio.
El esplendor pacífico de la noche sanó de nuevo. La luna ya había pasado el meridiano y descendía hacia el poniente. Estaba en su apogeo, muy brillante mientras cabalgaba por el cielo azul y vacío. La sombra del muro yacía a mis pies, de una yarda de ancho y de una negrura de tinta.
El mar hacia el este era de un gris informe, oscuro y misterioso; y entre el mar y la sombra, las arenas grises (de vidrio volcánico y cristales) destellaban y brillaban como una playa de diamantes.
A mis espaldas, la lámpara de parafina ardía con un resplandor cálido y rojizo.