Dudé, con la firme intención de huir por donde había venido; y luego, decidido a llegar hasta el final de la aventura, agarré mi bastón con clavos por el medio y me arrastré hacia el pequeño cobertizo de mal olor tras mi guía.
Era un espacio semicircular, con la forma de la mitad de una colmena; y contra la pared rocosa que formaba su lado interior había una pila de frutas variadas, cocos entre otras.
Algunos toscos recipientes de lava y madera se esparcían por el suelo, y uno sobre un taburete rústico. No había fuego.
En el rincón más oscuro de la huta se sentaba una masa informe de oscuridad que gruñó «¡Eh!» cuando entré, y mi hombre simio se quedó de pie en la penumbra de la entrada y me tendió un coco partido mientras yo gateaba hacia el otro rincón y me ponía en cuclillas.
Lo tomé y comencé a roerlo, con la mayor serenidad posible, a pesar de cierto nerviosismo y de la casi intolerable claustrofobia de la madriguera. La pequeña y rosada criatura perezosa se paraba en la abertura de la choza, y algo más con un rostro cetrino y ojos brillantes se asomaba a mirar por encima de su hombro.
—¡Eh! —salió del bulto misterioso de enfrente—. Es un hombre.
—Es un hombre —tartamudeaba mi guía—, un hombre, un hombre, un pentahombre, como yo.
—¡Cállate! —dijo la voz desde la oscuridad, y profirió un gruñido. Roí mi coco en medio de un silencio impresionante.
Aguardé la mirada en la negrura, pero no distinguí nada.
—Es un hombre —repitió la voz—. ¿Viene a vivir con nosotros?