En la barra de la Goleta
Aquella noche se avistó tierra pasada la puesta de sol, y la goleta se puso a la capa. Montgomery insinuó que ese era su destino. Estaba demasiado lejos para distinguir ningún detalle; me pareció entonces simplemente una mancha baja de un azul tenue en el mar gris azulado e incierto. Una columna casi vertical de humo se alzaba desde ella hacia el cielo.
El capitán no estaba en cubierta cuando fue avistada. Tras descargar su furia sobre mí, había tambaleado su cuerpo escaleras abajo, y tengo entendido que se fue a dormir en el suelo de su propio camarote. El segundo al mando asumió prácticamente el control. Era el individuo demacrado y taciturno que habíamos visto al timón. Aparentemente estaba de muy mal humor con Montgomery. No prestó la más mínima atención a ninguno de los dos.
Cenamos con él en un silencio hosco, tras unos cuantos intentos inútiles de mi parte por conversar. También me llamó la atención que la tripulación mirara a mi compañero y a sus animales con una animadversión singular. Encontré a Montgomery muy hermético sobre su propósito con estas criaturas y sobre su destino; y aunque era consciente de una curiosidad creciente respecto a ambas cosas, no le insisti.
Permanecimos conversando en el alcázar de popa hasta que el cielo se pobló de estrellas. Salvo por algún que otro sonido esporádico en el castillo de proa, iluminado de amarillo, y el movimiento ocasional de los animales, la noche era muy silenciosa. El puma yacía acucurrucado, observándonos con ojos brillantes, como un montón negro en el rincón de su jaula. Montgomery sacó unos puros.