Los minutos pasaban; el silencio se prolongaba y, al fin, tras una hora de seguridad, mi valor comenzó a serme devuelto. A estas alturas ya no estaba muy aterrado ni muy desdichado. Había, por decirlo así, sobrepasado el límite del terror y la desesperación. Sentía ahora que mi vida estaba prácticamente perdida, y ese convencimiento me volvía capaz de atreverme a todo. Tenía incluso un cierto deseo de encontrarme cara a cara con Moreau; y, mientras vadeaba adentrándome en el agua, recordé que, si me acorralaban demasiado, todavía me quedaba abierta al menos una vía de escape al tormento: no podían impedirme con facilidad que me ahogara. Estuve a punto de ahogarme en ese mismo instante; pero un extraño deseo de ver toda la aventura hasta el final, un interés curioso, impersonal y espectacular en mí mismo, me detuvo. Estiré mis extremidades, adoloridas y lastimadas por los pinchazos de las plantas espinosas, y miré a mi alrededor hacia los árboles; y, tan de repente que pareció saltar de entre el ramaje verde que lo rodeaba, mis ojos tropezaron con un rostro negro que me vigilaba. Vi que era la criatura simiesca que había recibido a la lancha en la playa. Estaba aferrada al tronco oblicuo de una palmera. Aferré mi bastón y me puse de pie frente a él. Empezó a parlotear. «Tú, tú, tú», fue lo único que pude distinguir al principio. De repente, bajó de un salto del árbol y al instante siguiente estaba apartando las frondes y mirándome con curiosidad.
No sentí hacia esta criatura la misma repugnancia que había experimentado en mis encuentros con los otros hombres bestia. «Tú —dijo—, en el bote». Era un hombre, entonces —al menos tanto como el sirviente de Montgomery—, pues sabía hablar.
«Sí —dije—, vine en el bote. Del barco».
—¡Oh! —dijo, y sus ojos brillantes e inquietos recorrieron mi persona, mis manos, el bastón que llevaba, mis pies, los jirones de mi abrigo y los