La puerta cerrada
El lector comprenderá quizá que al principio todo me resultaba tan extraño, y mi situación era el fruto de aventuras tan inesperadas, que no tenía capacidad para discernir la extrañeza relativa de esto o aquello.
Seguí a la llama playa arriba, y Montgomery me alcanzó para pedirme que no entrara en el recinto de piedra. Noté entonces que el puma en su jaula y el montón de bultos habían sido colocados fuera de la entrada de este cuadrilátero.
Me volví y vi que la lancha ya había sido descargada, vuelta a sacar y estaba varando en la playa, y el hombre de cabello blanco venía hacia nosotros. Se dirigió a Montgomery.
“Y ahora surge el problema de este huésped inesperado. ¿Qué vamos a hacer con él?”
—Sabe algo de ciencia —dijo Montgomery.
“Me muero de ganas de volver a trabajar —con este material nuevo—”, dijo el hombre de pelo blanco, haciendo un gesto afirmativo con la cabeza hacia el recinto. Sus ojos brillaron con más intensidad.
—A buen seguro que lo es —dijo Montgomery, en un tono de todo menos cordial.
“No podemos mandarlo para allá, y no podemos darnos el lujo de perder el tiempo construyéndole una nueva chabola; y desde luego no podemos confiar en él todavía”.