Al principio no comprendí, pero al poco rato se me ocurrió que deseaba que lo siguiera; y al fin lo hice, despacio, pues el día era caluroso. Cuando llegamos a los árboles, trepó por ellos, ya que se desplazaba mejor entre sus lianas colgadas que por el suelo. Y de pronto, en un espacio pisoteado, di con un grupo espantoso. Mi criatura semejante a un San Bernardo yacía en el suelo, muerta; y cerca de su cuerpo se agachaba la hiena-cerdo, aferrando la carne temblorosa con sus garras malformadas, royéndola y gruñendo de deleite. Al acercarme, el monstruo levantó sus ojos brillantes hacia los míos, sus labios se retiraron temblorosos de sus dientes manchados de rojo y gruñó amenazadoramente. No tenía miedo ni vergüenza; el último vestigio de la mancha humana había desparecido. Avancé un paso más, me detuve y saqué mi revólver. Al fin lo tenía cara a cara.
La bestia no hizo amago de retroceder; pero echó las orejas hacia atrás, se le erizó el pelo y encogió el cuerpo. Apunté entre los ojos y disparé. Al hacerlo, el bicho se abalanzó directamente hacia mí de un salto y me derribó como a un bolo. Me agarró con su mano maltrecha y me golpeó en la cara. Su impulso lo llevó por encima de mí. Caí bajo la parte trasera de su cuerpo; pero por suerte había dado en el blanco tal como pretendía, y había muerto incluso en el momento de