Otro largo silencio.
—¿Entonces llevas las cosas que haces a esas madrigueras? —dije yo.
“Se van. Los echo cuando empiezo a sentir a la bestia en ellos, y al momento vagan por allá. Todos temen a esta casa y a mí. Allá hay una especie de parodia de la humanidad. Montgomery sabe de esto, pues interviene en sus asuntos. Ha entrenado a uno o dos de ellos para nuestro servicio. Le da vergüenza, pero creo que le medio gustan algunas de esas bestias. Es su asunto, no el mío. Solo me dan náuseas con un sentimiento de fracaso. No tengo ningún interés en ellos. Imagino que siguen las pautas que marcó el misionero canaco, y llevan una especie de burla de vida racional, ¡pobres bestias! Hay algo que llaman la ley. Cantan himnos sobre «todo tuyo». Se construyen sus guaridas, recogen fruta y arrancan hierbas; incluso se casan. Pero puedo ver a través de todo ello, ver en sus propias almas, y no ver allí más que almas de bestias, bestias que perezcan, ira y las codicias de vivir y gratificarse. Y, sin embargo, son extraños; complejos, como todo lo vivo. Hay una especie de esfuerzo ascendente en ellos, parte vanidad, parte emoción sexual baldía, parte curiosidad baldía. Solo se burla de mí. Tengo cierta esperanza en este puma. He trabajado duro en su cabeza y en su cerebro—
“Y ahora —dijo, poniéndose de pie tras un largo intervalo de silencio durante el cual cada uno de nosotros se había entregado a sus propios pensamientos—, ¿qué opinas? ¿Sigues teniéndome miedo?”.
Lo miré y no vi más que a un hombre de rostro y cabellos blancos, de mirada serena. A no ser por su tranquilidad, por el toque casi de belleza que se derivaba de su calma imperturbable y su magnífica complexión, habría podido pasar inadvertido entre un centenar de plácidos abueletes.
Entonces me estremecí. A modo de respuesta a su segunda pregunta, le tendí un revólver en cada mano.