apareciera solo en el momento exacto en que mi presencia fuera necesaria. Ese momento ha llegado ahora. Están en buenas manos. Ya no dejarán de llegar a su destino. A partir de ahora yo tomo el mando de esta expedición, y debo pedirles que completen sus preparativos esta noche, para que podamos emprender la marcha temprano por la mañana. Mi tiempo es valioso, y lo mismo puede decirse, sin duda, en menor grado, del de ustedes. Propongo, por lo tanto, que avancemos tan rápido como sea posible, hasta que les haya demostrado lo que han venido a ver.
Lord John Roxton ha fletado una gran lancha de vapor, la Esmeralda, que debía remontar el río con nosotros. En lo que respecta al clima, era indiferente la época que escogiéramos para nuestra expedición, ya que la temperatura oscila entre los veinticuatro y los treinta y dos grados tanto en verano como en invierno, sin diferencias apreciables de calor. En cuanto a la humedad, sin embargo, ocurre lo contrario; de diciembre a mayo es el período de lluvias, y durante este tiempo el río sube lentamente hasta alcanzar una altura de casi doce metros por encima de su nivel de estiaje. Inunda las orillas, se extiende en grandes lagunas sobre una vasta e informe extensión de terreno y forma una enorme comarca, llamada localmente el Gapo, que en su mayor parte resulta demasiado pantanosa para viajar a pie y demasiado poco profunda para navegar. Al llegar junio las aguas empiezan a bajar, y alcanzan su nivel más bajo en octubre o noviembre. Por lo tanto, nuestra expedición se situaba en la época de la estación seca, cuando el gran río y sus afluentes se encontraban en un estado más o menos normal.
La corriente del río es ligera, con un desnivel que no supera las ocho pulgadas por milla. Ningún curso de agua podría ser más cómodo para la navegación, ya que el viento dominante es del sureste, y los veleros pueden avanzar de forma continua hasta la frontera peruana, regresando corriente abajo con el flujo del agua. En nuestro propio caso, los excelentes motores de la Esmeralda podían ignorar el perezoso caudal del río, y avanzamos con la misma rapidez que si navegáramos por un lago estancado.