Era el 2 de agosto cuando rompimos nuestro último enlace con el mundo exterior al despedirnos de la Esmeralda. Desde entonces han pasado cuatro días, durante los cuales hemos alquilado dos grandes canoas a los indios, hechas de un material tan ligero (pieles sobre un armazón de bambú) que podremos llevarlas a cuestas alrededor de cualquier obstáculo. Las hemos cargado con todas nuestras pertenencias y hemos contratado a dos indios adicionales para que nos ayuden en la navegación. Tengo entendido que son los mismos dos —llamados Ataca y Ipetu— que acompañaron al profesor Challenger en su viaje anterior. Parecían aterrorizados ante la perspectiva de repetirlo, pero el jefe tiene poderes patriarcales en estas tierras y, si el trato le parece bueno al clan, el vasallo tiene poca opción al respecto.
Así que mañana desaparecemos en lo desconocido.
Este relato lo envío río abajo en canoa, y puede ser nuestra última palabra para quienes se interesan por nuestro destino. Según lo convenido, se lo he dirigido a usted, querido señor McArdle, y dejo a su criterio suprimirlo, alterarlo o hacer con él lo que le plazca.
Por la seguridad en los modales del profesor Challenger —y a pesar del continuo escepticismo del profesor Summerlee—, no tengo duda de que nuestro líder cumplirá su palabra y de que estamos realmente en la víspera de experiencias de lo más notables.