No sé si podré transmitirles mejor su aspecto si les digo que parecían canguros monstruosos, de veinte pies de largo, y con pieles como de cocodrilos negros.
No sé cuánto tiempo nos quedamos inmóviles contemplando este maravilloso espectáculo. Un viento fuerte soplaba hacia nosotros y estábamos bien ocultos, así que no había posibilidad de ser descubiertos.
De vez en cuanto los pequeños jugaban alrededor de sus padres con torpes retozos, las grandes bestias saltando en el aire y cayendo con sordos golpes sobre la tierra. La fuerza de los progenitores parecía ilimitada, pues uno de ellos, al tener cierta dificultad para alcanzar un manojo de follaje que crecía en un árbol de considerable tamaño, rodeó el tronco con sus patas delanteras y lo arrancó como si hubiera sido un arbolillo.
La acción parecía demostrar, según pensé, no solo el gran desarrollo de sus músculos, sino también el pequeño de su cerebro, pues todo el peso se vino abajo estrepitosamente sobre su cabeza, y este soltó una serie de chillidos agudos para mostrar que, por muy grande que fuera, había un límite para lo que podía soportar.
El incidente le hizo pensar, al parecer, que las inmediaciones eran peligrosas, pues se alejó lentamente tambaleándose a través del bosque, seguido de su pareja y de sus tres enormes crías. Vimos el brillo plateado y pizarroso de sus pieles entre los troncos de los árboles, y sus cabezas ondulando muy por encima de la maleza. Luego desaparecieron de nuestra vista.
Miré a mis compañeros. Lord John estaba absorto en su contemplación con el dedo en el gatillo de su rifle de elefantes, con su ávida alma de cazador brillando en sus feroces ojos. ¡Qué no daría por una cabeza así para colocarla entre los dos remos cruzados sobre la repisa de la chimenea en su refugio de The Albany!