Estos eran que lord John se había hallado unos años antes en esa tierra de nadie formada por las fronteras mal definidas entre Perú, Brasil y Colombia.
En esta vasta región abunda el caucho silvestre y se ha convertido, como en el Congo, en una maldición para los nativos que solo puede compararse con su trabajo forzado bajo los españoles en las antiguas minas de plata de Darién.
Un puñado de mestizos malvados dominaba el país, armaba a los indios que querían apoyarlos y convertía al resto en esclavos, aterrorizándolos con las torturas más inhumanas para obligarlos a recolectar el caucho, que luego era transportado río abajo hasta Pará.
Lord John Roxton protestó en favor de las desdichadas víctimas y no recibió más que amenazas e insultos por sus esfuerzos. Entonces declaró formalmente la guerra a Pedro Lopez, el líder de los esclavistas, alistó a una banda de esclavos fugitivos a su servicio, los armó y llevó a cabo una campaña que terminó con la muerte a manos del propio lord John del infame mestizo y el desmantelamiento del sistema que representaba.
No es de extrañar que el pelirrojo de voz seductora y modales desenvueltos fuera visto ahora con profundo interés a orillas del gran río sudamericano, aunque los sentimientos que inspiraba eran naturalmente encontrados, ya que la gratitud de los nativos equivalía al resentimiento de quienes deseaban explotarlos.
Un resultado útil de sus experiencias anteriores era que podía hablar con fluidez la Língua Geral, que es el habla peculiar, un tercio portuguesa y dos tercios indígena, de uso corriente en todo el Brasil.
Ya he dicho antes que lord John Roxton era un «sudamericanomaníaco». No podía hablar de aquel gran país sin ardor, y este ardor era contagioso, pues, por muy ignorante que yo fuera, lograba captar mi atención y estimular mi curiosidad.