Quedé tan aturdido por este golpe repentino que por un momento debí de perder casi la razón. Tengo el vago recuerdo, como quien recuerda un mal sueño, de correr de un lado a otro por los bosques que rodeaban el campamento vacío, llamando desesperadamente a mis compañeros.
Ninguna respuesta llegó de entre las sombras silenciosas.
El horrible pensamiento de que tal vez nunca volviera a verlos, de que pudiera hallarme abandonado por completo en aquel lugar terrible, sin ningún medio posible para descender al mundo de abajo, de que pudiera vivir y morir en aquel país de pesadilla, me empujó a la desesperación. Habría podido arrancarme los cabellos y golpearme la cabeza en mi desespero.
Solo ahora comprendía cuánto había aprendido a apoyarme en mis compañeros, en la serena confianza en sí mismo de Challenger, y en la dominante e ingeniosa sangre fría de Lord John Roxton. Sin ellos era como un niño en la oscuridad, desvalido e impotente. No sabía hacia dónde girarme ni qué debía hacer primero.
Después de un tiempo, durante el cual permanecí sumido en la perplejidad, me propuse intentar descubrir qué repentina desgracia les podría haber ocurrido a mis compañeros. Todo el aspecto desordenado del campamento indicaba que se había producido algún tipo de ataque, y el disparo de rifle señalaba sin duda el momento en que había ocurrido. El hecho de que solo hubiera habido un disparo demostraba que todo había terminado en un instante. Los rifles aún yacían en el suelo, y uno de ellos —el de Lord John— tenía el cartucho vacío en la recámara. Las mantas de Challenger y de Summerlee junto al fuego sugerían que habían estado durmiendo en ese momento.