Fue también en Pará donde contratamos a Gómez y a Manuel, dos mestizos de río arriba que acababan de bajar con un cargamento de madera de Brasil. Eran tipos morenos, barbudos y feroces, tan activos y fibrosos como panteras.
Ambos se habían pasado la vida en aquellas aguas altas del Amazonas que estábamos a punto de explorar, y fue esta recomendación la que había llevado a Lord John a contratarlos. Uno de ellos, Gómez, tenía la ventaja adicional de hablar un inglés excelente.
Estos hombres estaban dispuestos a actuar como nuestros sirvientes personales, a cocinar, a remar o a ser útiles de cualquier modo por una paga de quince dólares al mes.
Además de ellos, habíamos contratado a tres indios mojos de Bolivia, que son los más hábiles en la pesca y en las labores con botes de todas las tribus fluviales. Al jefe de estos lo llamamos Mojo, por su tribu, y los otros son conocidos como José y Fernando.
Tres hombres blancos, dos mestizos, un negro y tres indios formaban el personal de la pequeña expedición que aguardaba sus instrucciones en Manaos antes de emprender su singular búsqueda.
Por fin, tras una fatigosa semana, había llegado el día y la hora. Os pido que imaginéis el sombrío saloncito de la Fazenda St. Ignatio, a dos millas tierra adentro de la ciudad de Manaos. Afuera yacía el fulgor amarillo y metálico del sol, con las sombras de las palmeras tan negras y definidas como los árboles mismos. El aire era tranquilo, lleno del eterno zumbido de los insectos, un coro tropical de muchas octavas, desde el ronco zumbido de la abeja hasta el alto y agudo pitido del mosquito. Más allá de la galería había un pequeño jardín despejado, delimitado por setos de cactus y adornado con grupos de arbustos en flor, alrededor de los cuales las grandes mariposas azules y los diminutos colibríesleteaban y se lanzaban en arcos de luz chispeante. Adentro estábamos sentados