A su sombra continuamos nuestra discusión, mientras Lord John, que había asumido rápidamente el mando en la hora de la acción, nos expuso sus opiniones.
—Mientras ni el hombre ni la bestia nos hayan visto o oído, estamos a salvo —dijo—.
—Desde el momento en que sepan que estamos aquí, empiezan nuestros problemas. No hay indicios de que nos hayan descubierto por ahora. Así que nuestra jugada es sin duda pasar desapercibidos por un tiempo y reconocer el terreno. Queremos echar un buen vistazo a nuestros vecinos antes de entablar relaciones de visita.
—Pero debemos avanzar —me atreví a comentar.
—¡Por supuesto, hijito de mi vida! Avanzaremos. Pero con sentido común. Jamás debemos alejarnos tanto como para no poder regresar a nuestra base. Sobre todo, nunca debemos, a menos que sea cuestión de vida o muerte, disparar nuestras armas.
—Pero si usted disparó ayer —dijo Summerlee.
—Bueno, no se pudo evitar. Sin embargo, el viento soplaba con fuerza hacia afuera. No es probable que el sonido haya llegado muy lejos en la meseta.
A propósito, ¿cómo llamaremos a este lugar? Supongo que nos toca a nosotros ponerle un nombre.
Hubo varias sugerencias, más o menos afortunadas, pero la de Challenger fue definitiva.
—Solo puede tener un nombre —dijo—. Lleva el nombre del pionero que lo descubrió. Es la Tierra de Maple White.