—¡Gladys! —grité—, ¡Gladys!
Alzó la vista con asombro en el rostro.
Había cambiado de algún modo sutil. La expresión de sus ojos, la dura mirada hacia arriba, la postura de los labios, me eran nuevas.
Retiró las manos.
—¿Qué quieres decir? —dijo ella.
—¡Gladys! —grité—. ¿Qué te pasa? Eres mi Gladys, ¿verdad?, ¿la pequeña Gladys Hungerton?
—No —dijo ella—, soy Gladys Potts. Permítame que le presente a mi marido.
¡Qué absurdo es la vida!
Me encontré haciendo reverencias mecánicamente y estrechándole la mano a un hombrecito de pelo pelirrojo que estaba acurrucado en el sillón orejero que antes había sido de uso exclusivo mío. Nos inclinamos y sonreímos el uno frente al otro.
“Papá nos deja quedar aquí. Estamos preparando nuestra casa”, dijo Gladys.