muchedumbre de hombres simio, los cuales, por su tamaño, tomé por las hembras y crías de la tribu. Formaban el fondo del cuadro, y todos miraban con ávido interés la misma escena que a nosotros nos fascinaba y desconcertaba.
En el claro, y cerca del borde del abismo, se había congregado una multitud de un centenar de estas criaturas peludas y pelirrojas, muchas de ellas de un tamaño inmenso, y todas horribles a la vista.
Había cierta disciplina entre ellas, pues ninguna intentaba romper la línea que se había formado.
Al frente se encontraba un pequeño grupo de indios —pequeños individuos rojos de miembros bien formados, cuya piel brillaba como bronce pulido bajo la intensa luz del sol—.
Un hombre blanco, alto y delgado, estaba de pie junto a ellos, con la cabeza gacha, los brazos cruzados y una actitud que denotaba por completo su horror y abatimiento. No había duda de que se trataba de la angulosa figura del profesor Summerlee.
Delante y alrededor de este abatido grupo de prisioneros había varios hombres simio, que los vigilaban de cerca e imposibilitaban toda huida. Luego, justo apartados de todos los demás y cerca del borde del acantilado, había dos figuras tan extrañas, y bajo otras circunstancias tan ridículas, que absorbieron mi atención. La una era nuestro camarada, el profesor Challenger. Los restos de su abrigo aún colgaban en tiras de sus hombros, pero su camisa había sido completamente arrancada, y su gran barba se fundía en la maraña negra que cubría su poderoso pecho. Había perdido el sombrero, y su cabello, que había crecido largo en nuestras deambulaciones, ondeaba en salvaje desorden. Un solo día parecía haberlo transformado del producto más