Yo fui el azote del Señor
Lord John Roxton y yo bajamos juntos por Vigo Street y cruzamos los lúgubres portales de aquel famoso y aristocrático caserón.
Al final de un largo y monótono pasillo, mi nuevo conocido empujó una puerta y encendió un interruptor eléctrico. Varias lámparas que brillaban a través de pantallas tintadas bañaron toda la gran sala ante nosotros en un resplandor rojizo.
De pie en el umbar y echando una ojeada a mi alrededor, tuve una impresión general de extraordinario confort y elegancia combinados con una atmósfera de virilidad masculina.
Por todas partes se mezclaban el lujo del hombre adinerado y de buen gusto con el descuido y el desorden del soltero.
- Ricas pieles y extrañas esteras iridiscentes de algún bazar oriental estaban esparcidas por el suelo.
- Cuadros y grabados que incluso mis inexpertos ojos podían reconocer como de gran valor y rareza colgaban en abundancia de las paredes.
- Bocetos de boxeadores, de bailarinas de ballet y de caballos de carreras alternaban con un sensual Fragonard, un marcial Girardet y un soñador Turner.
Pero entre estos variados adornos se encontraban dispersos los trofeos que traían vivamente a mi memoria el hecho de que lord John Roxton era uno de los grandes deportistas y atletas completos de su época.