millas, sin ningún cambio en nuestras perspectivas. Puedo mencionar que nuestro aneroide nos indica que, en la continua pendiente que hemos ascendido desde que abandonamos nuestras canoas, hemos subido ni más ni menos que a tres mil pies sobre el nivel del mar. De ahí que haya un cambio considerable tanto en la temperatura como en la vegetación. Nos hemos librado de parte de esa horrible vida de insectos que es la plaga de los viajes tropicales. Aún sobreviven algunas palmeras y muchos helechos arborescentes, pero los árboles amazónicos han quedado todos atrás. Era agradable ver el convólvulo, la pasionaria y la begonia, todas recordándome a mi hogar, aquí entre estas rocas inhóspitas. Había una begonia roja exactamente del mismo color que una que se conserva en una maceta en la ventana de cierta villa en Streatham—, pero me estoy desviando hacia recuerdos privados.
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IX. ¿Quién podría haberlo previsto?
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