de que esperara una respuesta y luego se volvió hacia nosotros.
“Bueno, a ti te toca decir lo que vas a hacer —dijo—; por mi parte, tengo una cuenta pendiente con esta gente-mono, y si la cosa termina por borrarlos de la faz de la tierra, no veo por qué la tierra deba afligirse por ello. Voy a ir con nuestros pequeños amigos rojos y pienso ayudarles hasta el final de la pelea. ¿Qué dices, muchacho?”.
“Por supuesto que iré”.
—¿Y usted, Challenger?
“Ciertamente cooperaré.”
—¿Y usted, Summerlee?
—Parece que nos estamos alejando muchísimo del objetivo de esta expedición, lord John. Le aseguro que poco pensé, cuando dejé mi cátedra en Londres, que sería con el propósito de encabezar una incursión de salvajes contra una colonia de simios antropoides.
—A tales bajos usos hemos de llegar —dijo lord John, sonriendo—. Pero no nos queda otra salida, ¿cuál es la decisión?
“Me parece una medida de lo más dudosa —dijo Summerlee, discutidor hasta el último momento—, pero si todos van, apenas veo cómo puedo quedarme atrás”.
—Entonces está decidido —dijo lord John, y volviéndose hacia el jefe, asintió y dio una palmada en su rifle.
El viejo nos estrechó las manos, una por una, mientras sus hombres vitoreaban más fuerte que nunca. Era demasiado tarde para avanzar esa noche, de modo que los indios se instalaron en un campamento improvisado. Por todas partes sus hogueras comenzaron a titilar y a echar humo.