Y Gladys—¡oh, mi Gladys!—, Gladys del lago místico, que ahora pasará a llamarse Central, pues jamás alcanzará la inmortalidad a través de mí. ¿Acaso no vi siempre cierta fibra dura en su naturaleza? ¿Acaso no sentí, aun en la época en que me enorgullecía acatar sus mandatos, que era sin duda un amor pobre aquel que podía empujar a un amante a la muerte o al peligro de ella? ¿Acaso no contemplé, en mis pensamientos más sinceros, siempre recurrentes y siempre descartados, más allá de la belleza del rostro y, escudriñando en el alma, discerní las sombras gemizas del egoísmo y de la inconstancia oscureciendo el fondo de este? ¿Amaba ella lo heroico y lo espectacular por su noble causa, o por la gloria que, sin esfuerzo ni sacrificio, pudiera reflejarse en ella misma? ¿O son estos pensamientos la vana sabiduría que llega después de los hechos? Fue el golpe de mi vida. Por un momento me había vuelto un cínico. Pero ya, mientras escribo, ha pasado una semana, y hemos tenido nuestra
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XVI. A Procession
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