En cuanto al incidente principal, fue una sorpresa desconcertante para el público, pero no, huelga decirlo, para nosotros. El lector recordará cómo me encontré con lord John Roxton justo en la ocasión en que, con su miriñaque protector, había ido a buscar el «pollo del diablo», como él lo llamaba, para el profesor Challenger. He insinuado también los apuros que nos dio el equipaje del Profesor cuando abandonamos la meseta, y si hubiera descrito nuestro viaje, podría haber hablado largo y tendido de la zozobra que pasamos para estimular con pescado podrido el apetito de nuestro inmundo compañero. Si no he hablado mucho de ello antes, fue, por supuesto, debido al firme deseo del Profesor de que no se filtrara el menor rumor sobre la prueba irrefutable que transportábamos hasta que llegara el momento de confundir a sus enemigos.
Una palabra sobre el destino del pterodáctilo de Londres. No se puede decir que haya nada seguro en este punto. Existe el testimonio de dos mujeres aterrorizadas que aseguran que se posó en el tejado del Queen’s Hall y permaneció allí como una estatua diabólica durante varias horas. Al día siguiente