Y así, con el espíritu humilde y agradecido, cierro este relato.
Nuestros ojos han visto grandes maravillas y nuestras almas han madurado debido a lo que hemos sufrido. Cada uno de nosotros es, a su manera, un hombre mejor y más profundo.
Puede que cuando lleguemos a Pará nos detengamos para reparar la nave. Si lo hacemos, esta carta llegará en un correo anterior. Si no, llegará a Londres el mismo día que yo. En cualquier caso, querido señor McArdle, espero estrecharle la mano muy pronto.