“Muy lejos”.
“Eso de ahí no servirá de nada, pero supongo que sus partidas de búsqueda están por todo el bosque. Bien, os iba contando mi letanía de desgracias. No tardaron en llevarnos a esta ciudad suya... unas mil chozas de ramas y hojas en un gran bosquecillo de árboles cerca del borde del acantilado. Está a tres o cuatro millas de aquí. Las sucias bestias me manosearon por todas partes, y siento como si nunca fuera a estar limpio otra vez. Nos ataron —el tipo que me manipuló ataba como un contramaestre— y allí nos quedamos con las patas pa' arriba, debajo de un árbol, mientras un gran bruto montaba guardia sobre nosotros con una maza en la mano. Cuando digo «nosotros» me refiero a Summerlee y a mí. El viejo Challenger estaba subido a un árbol, comiendo piñas y pasándomelo en grande. Tengo que decir que se las arregló para hacernos llegar algo de fruta y que, con sus propias manos, aflojó nuestras ataduras. Si le hubierais visto sentado allá arriba en ese árbol, departiendo amigablemente con su hermano gemelo... y cantando con ese bajo vibrante suyo aquello de «Ring out, wild bells», porque la música de cualquier tipo parecía ponerlos de buen humor, os habríais sonreído; pero no estábamos muy dispuestos a reír, como podéis imaginar. Estaban dispuestos, dentro de ciertos límites, a dejarle hacer lo que quisiera, pero se ponían bastante firmes con nosotros. Fue un gran consuelo para todos nosotros saber que andabais sueltos y que teníais los archivos bajo vuestra custodia.
“Pues bien, muchacho, te diré lo que te va a sorprender. Dices que viste indicios de hombres, de hogueras, trampas y cosas por el estilo. Pues bien, nosotros hemos visto a los nativos en persona. Pobres diablos, unos hombrecitos de rostros abatidos, y sobrados motivos tenían para estarlo. Parece que los humanos dominan un lado de esta meseta —allá lejos, donde viste las cuevas— y los hombres simio dominan este otro, y se traen una guerra sangrienta todo el tiempo. Esa es la situación, hasta donde pude comprender.