chillidos lastimeros y ululantes, y luego, al tumbarse, se retorció en la agonía durante unos minutos antes de que también se pusiera rígido y quedara inerte.
Con gritos de triunfo, los indios bajaron en desbandada de sus cuevas y bailaron una frenética danza de la victoria alrededor de los cadáveres, con la loca alegría de que dos de los más peligrosos de todos sus enemigos hubieran sido exterminados. Esa noche descuartizaron y se llevaron los cuerpos, no para comérselos —pues el veneno aún estaba activo—, sino para que no provocaran una peste. Los grandes corazones reptilianos, sin embargo, cada uno tan grande como un cojín, seguían allí, latiendo lenta y firmemente, con un suave vaivén, en una horrible vida independiente. Solo al tercer día los ganglios se agotaron y aquellas espantosas cosas se quedaron quietas.
Algún día, cuando tenga un escritorio mejor que una lata de carne y herramientas más útiles que un muñón gastado de lápiz y el último cuaderno hecho jirones, escribiré un relato más completo de los indios accalas,