Un espectáculo que nunca olvidaré
Justo cuando el sol se ponía en aquella noche melancólica, vi la solitaria figura del indio sobre la vasta llanura debajo de mí, y lo observé, nuestra única débil esperanza de salvación, hasta que desapareció entre las crecientes brumas del atardecer que se extendían, teñidas de rosa por el sol poniente, entre el lejano río y yo.
Era ya bastante tarde cuando al fin emprendí el regreso a nuestro desolado campamento, y mi última visión al marcharme fue el fulgor rojo de la hoguera de Zambo, el único punto de luz en el ancho mundo allá abajo, tal como su fiel presencia lo era en mi propia alma ensombrecida.
Y, sin embargo, me sentía más feliz de lo que había estado desde que este golpe devastador cayera sobre mí, pues era reconfortante pensar que el mundo sabría lo que habíamos hecho, de modo que, en el peor de los casos, nuestros nombres no perecerían con nuestros cuerpos, sino que pasarían a la posteridad asociados al fruto de nuestros desvelos.
Era una cosa impresionante dormir en aquel campamento desdichado; y, sin embargo, lo era aún más hacerlo en la selva. Tenía que ser lo uno o lo otro. La prudencia, por un lado, me advertía que debía permanecer en guardia, pero la Naturaleza agotada, por el otro, declaraba que no debía