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nydus/The Lost WorldPublic
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XI. Por una vez yo fui el héroe

En muchos lugares el suelo estaba completamente cubierto de ellas y, a medida que caminábamos hasta los tobillos sobre aquella maravillosa alfombra mullida, el aroma resultaba casi embriagador por su dulzura e intensidad. La abeja doméstica inglesa zumbaba por todas partes a nuestro alrededor. Muchos de los árboles bajo los cuales pasábamos tenían las ramas agobiadas por el fruto, algunos de los cuales eran de clases conocidas, mientras que otras variedades eran nuevas. Al observar cuáles de ellos estaban picoteados por los pájaros, evitamos todo peligro de veneno y añadimos una deliciosa variedad a nuestra reserva de alimentos. En la selva que atravesamos había numerosos senderos muy pisados hechos por las bestias salvajes, y en los lugares más pantanosos vimos una profusión de extrañas huellas, entre ellas muchas de iguanodonte. Una vez, en una arboleda, observamos a varias de estas grandes criaturas paciendo, y Lord John, con su anteojo de larga vista, pudo informar que ellas también estaban manchadas de asfalto, aunque en un lugar diferente al que habíamos examinado por la mañana. Qué significaba este fenómeno, no podíamos imaginarlo.

Vimos muchos animales pequeños, como puercoespines, un oso hormiguero escamoso y un cerdo salvaje, de color pío y con largos colmillos curvados.

Una vez, a través de un claro entre los árboles, vimos la ladera despejada de una colina verde a cierta distancia, y cruzándola un gran animal de color pardo oscuro avanzaba a considerable velocidad. Pasó tan velozmente que no pudimos decir qué era; pero si era un ciervo, como aseguró Lord John, debía de ser tan grande como aquellos alces irlandeses monstruosos que todavía se desentierran de vez en cuando en las turberas de mi tierra natal.

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